Alberto Lacasa

Reflexiones sobre televisión y cine

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La edad de oro de Hollywood

Poco a poco estamos haciendo un repaso a la historia del cine. Ya hemos comentado que, después de unos años de mucha inestabilidad con la guerra de patentes iniciada por la MPPA, la industria cinematográfica se estableció en la costa oeste de USA. Con la llegada del sonoro, las majors se tornaron una de las industrias más poderosas del mundo dando lugar a lo que hoy se conoce como la edad de oro de Hollywood.

En aquella época las cosas no eran exactamente como las imaginamos hoy. Las películas se hacían de forma serializada. Los directores, salvo poquisimas excepciones, eran “propiedad” de una de las productoras y trabajaban por encargo. Los actores, guionistas, técnicos varios… Todos eran parte del engranaje de una de las productoras. Si hubiera que asignar a alguien el verdadero poder sobre el resultado definitivo era el productor.

Las productoras acabaron por dar su estilo personal a las películas. Fue una decisión muy inteligente desde el punto de vista económico. Las compañías ofrecían una guía para asegurar que los espectadores iban a encontrar un film que les interesara; los géneros. Y, además, cada productora se especializó en uno o dos géneros.

Por ejemplo, la recientemente desaparecida MGM se especializo en films como Ana Karenina (1935), es decir, películas románticas. Ana Karenina es un ejemplo paradigmático porque está protagonizada por una de sus grandes estrellas (Greta Garbo) y dirigida por uno de sus más brillantes directores; Clarence Brown. Trabajaron hasta 5 veces juntos. La Garbo lo calificó como su director favorito. Joan Crawford también trabajó mucho con Clarence y es otra de esas bellezas al estilo de la Metro.

Visto desde ahora, sorprende que en una época tan controlada por el área de negocio se hicieran tantísimas obras maestras. Ya sabes que se dice que el mejor año de la historia fue 1939, cuando se estrenaron 7 películas entre las consideradas mejores de la historia del cine; El mago de oz y Lo que el viento se llevó de Victor Fleming (aunque en Lo que el viento… también participaron George Cukor y Sam Wood), La diligencia de John Ford, Caballero sin espada de Frank Capra, Sólo los ángeles tienen alas de Howard Hawks, y Medianoche de Mitchell Leisen. Y mi favorita de esta breve lista; Ninotchka de Ernst Lubitsch.

Ninotchka explica la historia en pleno inicio de la guerra fría de una mujer enviada por el gobierno ruso para desencallar la venta de unas joyas que su gobierno ha expropiado a una duquesa. Ninotchka es muy fría y poco dada a las relaciones humanas. Un tipo se enamorará de ella y tratará de embaucarla. Os dejo que veais un encuentro en un bar entre ellos dos que es brillante. Fijaos cómo una simple escena encierra multitud de giros sorpresa.

En paralelo al género de la comedia romántica, destacaban otros dos: el western y el musical.

Puede parecer difícil de entender desde Europa la importancia vital que tuvo el cine para consolidar el imaginario colectivo norteamericano. En Europa tenemos miles de años de historia. Tenemos multitud de anclajes colectivos (Grecia, Roma…) y locales (el Cid, Don Pelayo o els Almogavers) que nos hacen tener referentes. Héroes y, cómo no, enemigos.

En USA, en cambio, apenas tienen unos pocos centenares de años de historia. No tienen pasado propio. Había que construirlo. Y en el cine cuajó lo único que en su historia podía tener un sentido trágico en el sentido griego de la palabra: un héroe solitario que se enfrenta a enemigos mucho más poderosos que él.

Esta es la maravillosa escena en la que La diligencia recoge a sus pasajeros, que emprenderá una increíble aventura por territorio apache. Los personajes sufrirán un camino iniciático que los transformará para siempre.

Por último, el musical es el género que más bebe del teatro de todos los que el cine ha llevado a la gran pantalla. En realidad se trata de un entremés, con elementos de comedia, espectáculo musical, amor… Y con un ritmo imparable.

La pareja que más destacó fue la Fred Astaire y Ginger Rogers que, a pesar de odiarse, congeniaban a la maravilla en pantalla. Él era un genio del baile. Ella no. Pero él, sin ella, no brillaba. Y, para muestra, este baile de Roberta (1935). Espectaculares, como siempre.

Esta época tan poderosa del cine duró casi tres décadas. Pero todo lo bueno se acaba. Y, en este caso, casi podríamos decir que fue trágico.

Durante años, la industria había sido la más pujante. La industria controlaba todo el proceso relacionado con el hecho cinematográfico: producia las películas, las distribuía y, finalmente, controlaba las salas. Todo eso generó muchísimo dinero hasta el punto que la industria ayudó a financiar la 2ª guerra mundial.

Pero una vez acabada, la industria tenía a la espera una resolución judicial que acabaría con el monopolio de las majors. Los jueces prohibieron que la misma industria controlara toda la cadena de valor impidiendo que otras empresas pudieran formar parte del proceso.

Eso solo no hubiera acabado con una industria tan poderosa. Lo que más daño le hizo fue la aparición en 1946 de su hermano pequeño: la televisión. Con ella, el interés por ir a las salas cayó en picado. Y el gran negocio, empezó a no serlo tanto…

Y, por si eso no había sido suficiente, acabó la II Guerra Mundial y empezó la guerra fría. Las suspicacias en contra del comunismo se hicieron cada vez más fuertes. Y se daba la circunstancia que la mayor parte de los afiliados al sindicato de guionistas lo estaban también en el partido comunista.

Una ola de conservadurismo recorría USA y, en ese caldo de cultivo, un senador casi desconocido hasta que lanzó un discurso señalando con el dedo a 205 personas de ser comunistas infiltrados en el Departamento de Estado: Joseph McCarthy. Se creó la Comisión de Actividades Antiamericanas y empezó a investigarse a mucha gente relacionada con el sector.

Todo acabó de una forma bastante trágica. Algunas personas, bajo presión, acabaron acusando algunos compañeros de profesión. Toda la mala fama se la llevó Elia Kazan, que incluso ya mayor, muchos años después, en una entrega de los Oscars se llevó algún que otro silvido. Pero no fue el único.

La edad de oro de Hollywood nos ha regalado multitud de films increíbles. Puso a la industria en un lugar que no ha recuperado y que, probablemente, nunca volverá a tener. Tampoco parece probable que vuelva a repetirse que comercialidad y la calidad sean sinónimos. Una gran época de la que es mejor no separarse.

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