Alberto Lacasa

Audiovisual, política y más allá

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Historia de los musicales (5): Llega el pop

Grease

La historia de los musicales empieza a la vez que nace el cine sonoro y toma el modelo del teatro de la época. Y, después de varias décadas de un éxito enorme, el público se fue apartando del género. Por lo menos, tal como lo habían entendido hasta entonces. Pero estos cambios no se producen de forma repentina.

El público que disfrutaba con los bailes de Astaire y Kelly, se fue haciendo mayor. Pero una nueva generación estaba mucho más interesada en otro tipo de musicales que ya anunciaba su nacimiento a principios de los 50, en pleno apogeo del clásico musical (recordemos que de aquella época son algunas de las mejores obras de la historia).

Se trataba de coger a estrellas de la música y ponerlas delante de la cámara. No era tan importante la capacidad interpretación del protagonista o protagonistas como la popularidad de estos. La factura tendía a ser más bien tosca y de escasa calidad pero de un éxito abrumador. En definitiva, es la semilla de lo que hoy muchas veces nos vemos obligados a sufrir on artistillas de medio pelo.

Hay 2 representantes fundamentales de esta incursión del pop en el musical. El primero de ellos fue el gran Elvis Presley que, aprovechando el tirón de James Dean y su Rebelde sin causa, protagonizó algunos films en los que hacía justo ese papel, eso sí, cantando como los ángeles.

Empezó en los 50’s con algunas de las más conoidas; Love me tender (1956) o El rock de la cárcel (1957) son dos ejemplos. Pero la época fuerte fue la década de los 60’s, donde Elvis participó en 27 películas.

El testigo lo tomaron el primer grupo capaz de mover masas con una fuerza inaudita y, siento decir que para mi gusto uno de los más sobrevalorados de toda la historia de la música; The Beatles. Más allá de gustos personales, el hecho cierto es que la banda que reconocía ni siquiera se escuchaba en los conciertos cuando tocaba de los gritos de las fans (no he podido evitarlo ;P), participó en algunas de las películas más conocidas de la historia del pop. Entre ellas, Help! (1965) o, la archiconocida, Qué noche la de aquel día (1964).
Yo no las había visto y me ha costado mucho acabarlas. Pero he de reconocer que el principio de Qué noche la de aquel día es fantástico.

Más allá de su calidad intrínseca, el hecho cierto es que su influencia ha sido fundamental para explicar cómo otras bandas de la época siguieron sus pasos y, sobre todo, la fuerte influencia que ejercieron sobre el resto de films a partir de los años 70’s.

No hay duda de que películas, como por ejemplo, Hair (1979) de Milos Forman, asumen los aires populares (y a ratos populista) de las películas basadas en grandes estrellas de la música. Yo reconozco tener auténtica adoración por este film y, sobre todo, por ese final contestatario y emocionante.
Me quedo con las ganas de ponerlo, pero a cambio pongo el arranque, que también es fantástico.

Creo que es innegable la influencia que ejercieron también sobre films que son estandartes de la cultura pop moderna; Fiebre del sábado noche (1977), de John Badham, y Grease (1978), de Randal Kleiser. Y también sobre una maravillosa rareza; The rocky horror picture show (1975) de Jim Sharman.

Es difícil explicar la experiencia que supone ver en directo esta película. Es una revisión del mito de Frankenstein pero desde una visión travestida. Una joven pareja enamorada a punto de casarse, acaba rodeada de un montón de iconos gays de una gran extravagancia. Si la veis en una sala de cine, veréis que el público llega disfrazado, con bolsas de confeti, pistolas de agua, diarios… Y, si con eso no tenéis suficiente para sorprenderos, veréis que el público, literalmente, participa del film; habla, grita, baila. Es una experiencia inexplicable que, si queréis, podéis ver por lo menos en Barcelona y, me consta, en Madrid. Os dejo con una brevísima secuencia.

En esta línea, incluiría un film que forma parte del imaginario colectivo de toda mi generación; Laberinto (1986) de Jim Henson, con David Bowie y una jovencísima Jennifer Conelly. Raptan a un niño por culpa de su hermana, que se verá obligada a cruzar un laberinto para dar con él.

Y, por último, otra gran obra maestra de los musicales de vanguardia con todo un disco de Pink Floyd; The wall (1982) de Alan Parker. Es un film casi incomprensible, que retrata de forma muy subjetiva, la historia de un tipo que no es capaz de escapar de los tentáculos de su madre.

Pero si en algo calaron de verdad aquellos primeros films de grandes bandas es su voluntad de transportar la música más allá de los Long Play. Las bandas dejarían de estar interesadas en hacer narrativa y, en cambio, convencieron a grandes directores de cine para que convirtieran algunos de sus conciertos en películas documentales.

Que nadie se equivoque. No se trata de esos conciertos grabados insípidos que hacen las bandas de hoy. Estoy hablando de documentales historia viva de la música, donde entramos en la realidad de los más grandes de la música rock. Donde profundizamos en una vida muchas veces atractiva y oscura que los encandila a la vez que los destruye.
Seguramente la más importante de todas es Woodstock (1970), de Michael Wadleigh, sobre el famoso concierto en contra de la guerra de Vietnam. Cera de medio millón de personas disfrutaron en directo de este concierto, en el que participaron músicos y grupos como Santana, Janis Joplin, The Who o Joe Cocker. En ese momento, eran músicos que creían en aquello de «Haz el amor y no la guerra». Eran los idealistas del movimiento modernista.
Si hay un tema conocido de aquel concierto es la versión que Jimmy Hendrix hizo del himno nacional americano tratando de retratar todo el desgarro, dolor y desprecio que la guerra de Vietman estaba provocando entre la juventud de la época.

Cerca del final de los 70’s el sueño estaba casi muerto. Algunos de los grandes de la música habían muerto arrastrados por las drogas (Hendrix, Bob Marley…) y eso provocó la disolución de bandas tan grandes como The Band, ahora casi injustamente olvidada. Martin Scorsese dirigió una auténtica obra maestra llamada; El último vals (1978). Es una mezcla entre la grabación del último gran concierto de la banda (en el que participaron gente como Neil Young o Bob Dylan entre muchos otros) y documental explicando los por qués de ese final.
La grabación estaba perfectamente planificada pero el azar quiso que, mientras actuaba Muddy Waters sólo funcionara una cámara. Y, para mi, es también el más vibrante de todo el metraje.

Cuando el sueño estaba ya definitivamente roto, las bandas se dedicaron a transgredir todas las reglas escritas y no escritas. Y prueba de ello es el concierto retratado por Jonathan Demme de los Talking heads Stop Making Sense (1984).

En realidad la cultura popular y los musicales ya no han dejado de darse la mano, como demuestra por ejemplo la interesante Moulin Rouge (2001) de Baz Luhrmann. Pero las fronteras se harán cada vez más pequeñas, dando lugar a un nuevo estilo y ocupando, casi absolutamente en nuestros días, al musical en sentido clásico.

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Historia de los musicales (4): La crisis

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Después de que durante 40 años, y desde su origen, el cine musical fue, junto con el western y el cine negro, una de las fórmulas de expresión más atractivas para el gran público. Los primeros años, liderados por la pareja Fred Astaire y Ginger Rogers, y la maduración (representada sobre todo por Gene Kelly) acabaron por desgastar a un público que buscaba cosas nuevas.

A pesar de ello, Hollywood produjo algunas de las mayores obras maestras de la historia de los musicales. El género siguió evolucionando tomando algunos de los rasgos más distintivos de la década de los 50 y abandonando los usos más antiguos.

Los bailes continúan perdiendo fuerza abandonando casi por completo el claqué. Cada vez los bailes serán menos baile y más una coreografía narrativa, es decir, menos abstracta y más diseñada para contar cosas. En contraposición a lo que había sucedido hasta ahora, los nuevos actores y actrices serán más  grandes voces que interpretes, como en el caso de Barbra Streisand.

Ya a mediados de los 50, las películas empezaron a ganar en duración. Entre los grandes films podríamos decir que la tradición la empieza Ellos y ellas (1955) de Joseph L. Mankiewicz, con más de 140 minutos. Sólo un año después, se estrena El rey y yo (1956) de Walter Lang en 2 actos y 133 minutos.

La estructura tiende a separarse en dos actos ya sea con intermedio o sin él. Hasta el final del primer acto se cuenta una historia, casi cerrada. A partir de ahí, el conflicto evoluciona en una nueva dirección.

Uno de los grandes títulos (puede que el más grande) de la década fue West Side Story (1961) de Jerome Robbins y Robert Wise. Es una clara excepción a lo que decía de los bailes (en esta predominan) y de las voces. De hecho, a la protagonista Natalie Wood hubo que doblarle la voz.

La verdadera alma de la película fue Jerome Robbins, un coreógrafo tan duro como perfeccionista hasta el punto que lo despidieron porque atrasó mucho el rodaje.
Muchos de sus números son archiconocidos, como Tonight o Maria. Quizás no tan conocido es el número con el que arranca la película y que describe la relación entre los personajes y entre las bandas a la perfección.


Pero si tengo debilidad por un número es America. Su fuerza, la ironía (que después se cerrará en una de las más duras secuencias del final), el drama de la emigración, y el conflicto de la integración y la xenofobia. Sin duda, una gran síntesis.

El 64 fue un año increíble en el que llegaron 2 de los mejores musicales de la historia; Mary Poppins, de Robert Stevenson, y My fair lady, de George Cukor.

My fair lady es uno de los títulos más divertidos que he tenido ocasión de ver. Cuenta la historia de un lingüista (Rex Harrison) que acoje a una chica de la calle (Audrey Hepburn) para convertirla en una princesa. No hay duda de que el casting es inmejorable, Hepburn resulta adorable, como siempre. Y Harrison está genial como misógeno.
Uno de los números más conocidos es cuando el personaje de Audrey consigue pronunciar bien una frase cacofónica de las que Harrison utiliza para que aprenda a vocalizar; The rain in spain.

Mary Poppins, además de contar una historia infantil maravillosa, nos descubrió a Julie Andrews. Sólo un año después, Julie estrenó una de mis preferidas; Sonrisas y lágrimas (1965), de mismo director de West Side Story, Robert Wise.

Sonrisas y lágrimas no necesita demasiadas presentaciones. Sin duda, su número más conocido es do-re-mi, donde enseña a los niños a cantar.

Probablemente, el último gran título de la década, y que acabó teniendo una secuela, dio a conocer otra de esas grandes voces en una película que yo creo que ha condicionado el resto de su carrera; Barbra Streisand en Funny Girl (1968) de William Wyler.

Barbra interpreta a una cantante a la que el físico no le acompaña. Yo, que no soy un gran amante de la actriz, creo que tiene secuencias maravillosas. Yo tengo especial debilidad por la parte en la que ella se presenta como cantante, bailarina y actriz a un casting con escaso éxito. Por azares, consigue salir delante del público y ocurre esto;

El gran director Carol Reed dirigió, ese mismo año, otro de los musicales que han trascendido a su época; Oliver Twist (1968). Y tampoco podemos olvidarnos de El violinista sobre el tejado (1971) de Norman Jewison. Trata acerca de la relación entre la diáspora judía, y la época de la revolución comunista en Rusia. Entre todos sus temas, hay uno que ha superado a la película en el sentido que mucha gente conoce la canción sin haber oído hablar del film; Si yo fuera rico.

En la década de los 60’s se cerrará una época. El hecho que el público abandonara el gusto por el género tuvo dos importantes consecuencias; las majors dejarían de producirlos hasta convertirse en algo residual, y una corriente muy minoritaria en producciones (que no en taquilla) tomó el discurso artístico de aquí en adelante; el pop.

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Historia de los musicales (3): la edad de oro

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A la época que comprende desde los orígenes del género musical hasta finales de los 50, se le conoce como la edad de oro. Ya vimos que los años 30 sirvieron para sentar las bases del género, aupadas, sobre todo, por la famosísima pareja Fred Astaire y Ginger Rogers.

Pero esta pareja se separó y ya sólo hicieron una película juntos más; Vuelve a mi (1949) de Charles Walters. Fred aún hizo una película destacada con la que dicen ha sido su mejor partener bailando; Eleanor Powell en Melodías de Broadway de 1940.

El hecho cierto es que el momento más álgido de sus carreras quedó atrás y se dio paso a nuevos artistas. Entre otras, aquella jovencita Judy Garland siguió creciendo. 5 años después de protagonizar Mago de Oz y de haber protagonizado varias películas con la que sería su gran pareja artísitica, Mickey Rooney, trabajó a las órdenes de uno de los directores que más marcaron la década de los 40 y su vida en Cita en St. Louis (1944) de Vincente Minnelli.

Con Minnelli acabaron casándose y tuvieron una hija a la que llamaron Liza (¿os suena Liza Minelli?). Desde el punto de vista artístico, evolucionó el género con propuestas que lo hicieron aún mayor. Por fin, los musicales ganaban una entidad diferenciada a la del teatro. En el cine, ganaría independencia.

Tanto en las películas de Minelli como en otras obras maestras de la época, las canciones quedarían mucho más integradas con la historia. La cámara, que Astaire quería lo más estática posible, empezará a ser algo más activa, a pesar de que los principios del bailarín y coreógrafo todavía se mantuvieron. Pero dejó de ser necesario que cada canción fuera ligada a un baile, lo que abrió posibilidades a las coreografías. Ahora sería posible un primer plano con el personaje cantando o una coreografía más narrativa, más integrada en la historia.

El claqué pasaría de ser el protagonista a ser residual. Su proceso de casi desaparición dura 20 años. En las películas de los años años 40 todavía jugaría un rol importante, pero conforme pasara el tiempo y se acercara el final de la década de los 50, costaría mucho encontrarlo.

Además, las temáticas también evolucionarían. En el caso de Cita en St. Louis se trataba de un retrato costumbrista de una familia en 4 actos, cada uno de ellos ligado a una estación del año. Es una película brillante, donde destacan el tema principal; Meet me in Saint Louis y la canción de navidad próxima al clímax de la película.

Rodaría un buen puñado de musicales increíbles, de los que destacaría 2; Un americano en París (1951) y The Band Wagon (1953).

En Un americano en París trabajó con la gran estrella de los años 40 y 50; Gene Kelly, otra de esas personas que innovó muchísimo en el género. Hay dos constantes importantes en las películas de Kelly; casi en todas ellas hay niños. Sería banal si no fuera porque en algunos casos, incluso, algunas secuencias parecen pensadas para ellos, como en Levando anclas (1945) de George Sidney, donde su personaje llega a viajar a un mundo de dibujos animados en una clara influencia de las conocidas películas de Disney (y donde, por cierto, también sale Frank Sinatra).

La historia de la película es que Sinatra se enamora de una chica pero no sabe cómo ligársela y le pide ayuda a Kelly. Este acepta pero acaba por enamorarse él también. Llega un punto que Sinatra, frustrado porque no consigue nada, se enamora de otra justo antes de la secuencia que aquí viene. La chica de la que los dos están enamorados está dentro de la cantina.

Otro elemento clave son las escenas que rozan el abstracto o que, directamente, se introducen en él. Uno de los más destacados está en Un americano en París, que dura más de 15 minutos y transportan al espectador a un océano de sensaciones inolvidables.
Una de las inolvidables canciones de este film es i got rhythm. En esta canción enseña a unos cuantos niños franceses algo de inglés a la vez que demuestra que está feliz por su situación.

Pero el momento álgido, no sólo de Gene Kelly sino de toda la historia de los musicales, es en Cantando bajo la lluvia (1952), dirigida por el propio Kelly y Stanley Donen. La película nos cuenta el tránsito del mudo al sonoro en tono cómico, explicando lo que les pasó a muchos actores del cine mudo; que su voz no funcionaba.

Hay muchísimos momentos archiconocidos entre los que destaca el Singin’ in the rain que canta Gene Kelly bajo la lluvia. Pero justo antes hay otra de esas canciones inolvidables que, personalmente, me emociona; Good morning. En la película, acaban de hacer un pase previo para un pequeño grupo de espectadores para ver cómo reaccionan ante su último film. El fracaso es enorme y se marchan a casa desolados. Pero, entonces, encuentran una solución y a la 1 de la mañana en una noche lluviosa se ponen a cantar «Buenos días».

El género tampoco se libró de las fuertes influencias del New Deal, que se enmarcaba en lo económico en la Gran Depresión y en lo ideológico en la 2ª Guerra Mundial. Un claro ejemplo de esto es Yankee Dandy (1942). De discurso eminentemente patriótico, narra la emergencia de un gran magnate de Broadway. Están todos los elementos de la identidad americana; el mestizaje, la posibilidad de triunfar hasta para el más pobre, la identidad con la bandera, el sentido de la libertad… Hay una frase, ya en la conclusión del film en la que el protagonista hablando con el presidente Roosevelt, le dice (tras el preceptivo primer plano); «Yo de usted no me preocuparía por el país, es extraordinario. ¿En qué otro lugar del mundo podría un hombre sencillo como yo hablar con el más importante?». No está mal…

El listado de films es inagotable; Pueden destacarse 7 novias para 7 hermanos (uno de los pocos musicales de tono western) o Brigadoon (protagonizada por Gene Kelly, Van Johnson y Cyd Charisse, y que cuenta la historia de unos exploradores que se encuentran un pueblo mágico). Pero no podemos olvidar El rey y yo (1956), primera versión de la relación entre una inglesa y el rey de Siam. Creo que es un claro ejemplo de cómo las tramas se tornan más complejas. El caso de este título, creo que está a caballo entre los 50’s y el nuevo cine musical que llegará en los 60’s con títulos como West Side Story (1961) o Sonrisas y lágrimas (1965).

En paralelo, y a partir de mediados de los 50’s se instaura un nuevo tipo de musicales con El rock de la carcel (1954), con Elvis Presley de protagonista. Aunque lo analizaré en próximos posts y a pesar de que son películas menores, tienen una relevancia capital desde el punto de vista de que serían los primeros films en los que hay una evidente evolución musical y que, de alguna manera, anunciarían el distanciamiento del público respecto al género tan sólo un lustro después.

Con el fin de la década de los 50’s, el público dejará de tener una relación especial con el cine musical que ya nunca recuperará. Es la época del distanciamiento, de la indiferencia. Es la época de la crisis.

como Yankee Dandy (1942), película que se enmarca en el discurso hiperpatriótico de la 2ª guerra mundial,

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Historia de los musicales (2): Primeros años

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Como vimos, el cine sonoro y el género musical nacen en la misma película. Y fue un éxito impresionante.

Ese arranque provocó que las majors se obsesionaran con hacer musicales. Parecía que aquello era lo que el público quería y estaban dispuestos a dárselo. Y sucedió lo inevitable; los excesos. En 1930 se produjeron 78 musicales. Sólo un año después, se pasó a 11 y, al siguiente, 10. Así que poco a poco se estabilizó.

Uno de ellos tiene el mérito de haber sido la primera película protagonizada por afroamericanos; Aleluya (1929), de King Vidor, el mismo director que luego se encargaría de Guerra y paz. Trata acerca de la vida de un agricultor del algodón que se enamora de la mujer equivocada, un argumento que ha dado mucho juego a lo largo de toda la historia del cine.

Pero si hay un hilo común a la década de los 30 es la archiconocida pareja Fred Astaire y Ginger Rogers. Ellos dominaron a lo largo de 9 películas (y otra que llegaría una década después) los años de la gran depresión.

Fred Astaire venía de triunfar en el teatro a los dos lados del charco haciendo pareja de baile con su hermana. Cuando esta se casó, dejó la profesión. A inicios de la década, fue contratado por la RKO y empezó su andadura en el cine con Volando hacia Río (1933), una comedia de enredos amorosos, donde ya coincidió con Ginger.

Ginger Rogers, por su lado, había conseguido ganar un concurso para jóvenes talentos, pero había hecho muy poca cosa antes de conseguir el papel un papel para una obra maestra; La calle 42 (1933) de Lloyd Bacon. Se trata de una comedia donde una exfigura de la dirección teatral se ve obligado a volver a los teatros a causa de la Gran Depresión.

En la secuencia final, después de uno de los mejores discursos de la historia de cine, Ruby Keeler, protagonista del film, se ve obligada a salir por sorpresa e interpretar el tema principal del film. Personalmente, me encanta el solo de claqué y las escaleras que visualmente se convierten en un edificio.

En realidad, los expertos dicen que Ginger Rogers no era una gran bailarina pero que la pareja que hacía con Fred era inigualable. Según la wikipedia, Katharine Hepburn dijo que: «Ella da la sensualidad, él, la clase». No podría haber atinado más.

A la pareja habría que sumar una figura fundamental en la vida, en especial, de Fred; Hermes Pan, que le ayudaría a hacer las coreografías, y un director que les acompañaría en buena parte de los títulos que rodaron juntos; Mark Sandrich.

La gran aportación del bailarín fue que estableció una serie de convenciones en el género que le acompañarán por muchos años y que acabaron marcando al género. En esencia, su preocupación era que se pudiera ver todo el baile, así que exigió que los bailes se vieran en plano general y con la cámara lo más estática posible. Y, por otro lado, se pelearía siempre para que los bailes y las canciones entraran suavemente en la narración. Fred se obcecó en que, en todas sus películas hubiera un baile en solitario suyo, uno en pareja cómico y otro romántico, claves que se convirtieron en convenciones del género.

Muestras de ello las hay en todas sus películas. Personalmente tengo una especial debilidad por Sombrero de copa (1935). La película está llena de momentos espectaculares, como la balada romántica Cheek to cheek. Pero yo tengo debilidad por un baile de casi al principio del film donde Astaire hace un baile nana para dormir a Ginger. El vídeo es la secuencia completa, que dura unos 8 minutos. Aunque os recomiendo que lo veais entero porque entonces se contextualiza, el baile que digo está al final.

Podréis ver que Fred Astaire, con su baile, despierta a Ginger de la cama, que tiene la habitación de justo debajo en el hotel donde se alojan. Él se enamora de ella nada más verla y trata de convencerla de que no puede dejar de bailar. Y, cuando ella se vuelve a la habitación, realiza el famoso baile. Sensacional.

Otra secuencia muy conocida juntos es el Smoke gets in your eyes de Roberta (1935) de William A. Seiter. En este caso los cambios de ritmo son espectaculares. De una sutileza y sensibilidad envidiables.

Aunque el centro de atención de los años 30 fuera esta expléndida pareja, no fueron los únicos que aportaron al género musical a lo largo de aquellos años. Cineastas como Busby Berkeley (director y coreógrafo), Lloyd Bacon (director), Ruby Keeler (actriz), Anita Page (actriz), entre muchos otros e incluso directores que no asociamos al musical como Ernst Lubitsch, o los hermanos Marx con su Sopa de ganso, han contribuído a hacer más grande este género en sus inicios.

Una de las películas más destacadas de la época es Ha nacido una estrella (1937), de William A. Wellman y protagonizada por Fredric March y Janet Gaynor. El argumento es uno de los mejor trabajados de toda la historia. Retrata la relación de una pareja donde ella se está convirtiendo en una gaynor_janetestrella mientras él está en plena caída.  Tengo especial debilidad por Janet Gaynor, con la Wellman trabajó en más ocasiones) por dos motivos; es una de las pocas actrices que no tuvo problemas en el tránsito del mudo al sonoro y porque protagonizó una de esas películas que me han marcado en la vida; Amanecer (1927), de Murnau.

También sería injusto olvidar otro de esos títulos que han marcado la historia, Show boat (1936), de James Whale, donde Irene Dunne interpreta a la hija del capitán de un barco espectáculo que se lanza a liderar el espectáculo a pesar de que su madre no está de acuerdo.

A finales de la década, el género se abre a una nueva franja de edad; los niños. Disney empieza a producir películas donde la música es un elemento fundamental. Su primer largometraje Blancanieves y los 7 enanitos (1937) es la primera de una buena colección de títulos de gran importancia histórica; Pinocho (1940), Dumbo (1941) y, como no, Fantasia (1940).

Pero hay una película que yo diría que es, por lo menos, tan importante en la introducción del género entre los más pequeños; El mago de Oz (1939) de Victor Fleming. Con un presupuesto cortísimo, el film nos explica las aventuras de Dorothy Gale, en el reino de Oz. Judy Garland, que interpreta a la Dorothy, venía de hacer un papel en la Melodías de Broadway de 1938, y maravillar al mundo por su increíble voz siendo sólo una niña.

La película es una pequeña gran joya cargada de enormes canciones y números inolvidables. Y si uno de ellos ha perdurado en la memoria es el famoso Somewhere over the rainbow. Apenas ha empezado la película, la pobre Dorothy, que es huérfana, sueña con un lugar mejor en «algún lugar sobre del arcoiris», y nos roba el corazón.

Aunque Fred Astaire y Ginger Rogers seguirán haciendo cine por separado a lo largo de los 40 (sólo harán una película juntos), su éxito no volvió a ser el mismo. A cambio, hacen entrada de nuevos artistas, en especial Gene Kelly, que, con sus aportaciones, harán que el género evolucione a algo más rico y ecléctico.

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Historia de los musicales (1); «No han oído nada»

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Es difícil saber por qué la gente acoge ciertos géneros cinematográficos con tanto cariño y otros, en cambio, los desprecia casi sin pensarlo. Cuando el cine empezó a ser como hoy lo conocemos y, años después, se le incorporó el sonido, uno de los más populares era el musical. Pero, ¿qué hacía al musical tan atractivo?

Al cine le pasa como a todos las nuevas artes. Cuando hace algo más de 100 empezaron a grabarse los primeros rollos de película, bebió de todos los artes que se movían a su alrededor. No es difícil notar en los primeros films las claras influencias de la magia y, una vez llegado el discurso narrativo, del teatro.

En aquella época, los musicales en las salas de teatro triunfaban realizando espectáculos no muy diferentes de los que luego podríamos ver en películas como Melodías de Broadway de 1929; unos protagonistas que marcan la base de la historia normalmente romántica. Y, tras ellos, un «coro», que acompaña tanto la música como el baile.

En segundo lugar señalaría que el cine estuvo coaligado a la música durante sus primeros 30 largos años de vida hasta la aparición del sonoro. Era música en vivo, normalmente con un pianista, que aportaba a la narración con su música. Acentuando momentos dramáticos, divertidos, románticos… Así, la relación establecida entre música y cine está ya desde sus inicios.

Otro aspecto que no hay que olvidar es la ilusión que generaba ese cine hablado, que abandonaba el silencio. Trato de imaginarme esas sensaciones como parecidas a las que ahora nosotros sentimos respecto al 3D. Era toda una revolución que afectó, incluso, al número de imágenes por segundo que había que proyectar (algo que, por cierto, puede volver a pasar con la nueva tecnología que ahora desarrollamos).

En definitiva, ¿qué mejor y más completa expresión hay del sonido que la música? Musica bailada, y cantada. Síncrona con las imágenes mostradas y reforzando el realismo del artificio.

Por todo ello, no es extraño que la primera película reconocida como sonora sea un musical; El cantor de jazz (1927) de Alan Crossland. En realidad, esta es una media verdad, porque no está totalmente sonorizada y, además, la primera con sonido grabado es Don Juan, de 1926, donde podemos oir el choque de las espadas y efectos similares. Lo que hace histórica a El cantor de jazz es que es la primera película hablada.

La primera frase de el cantor de jazz pasará a la historia. Al Johnson, protagonista del film, cantante que escapa de la ortodoxia de su padre judío, frente a una multitud de público, dice; «Wait a minute, wait a minute. You ain’t heard nothing yet. Wait a minute and see it.» (Esperen un minuto, esperen un minuto. Aún no han oído nada. Esperen un minuto y verán.) Y tras esta frase para la historia, el magnífico número Toot, Toot, Tootsie. Atención a cómo silva a partir del segundo 39.

No hay duda que si algo ha pasado a la historia es la mítica imagen de un poco más arriba con Al Johnson con la cara pintada como un negro. Pero si algo me emociona de verdad es que transmite esa necesidad contenida del séptimo arte por poder hablar, por poder contar historias más complejas para los que los carteles explicativos eran una limitación. Cuando la ves, no te cabe duda de que estás frente a un tránsito entre dos épocas; entre las partes habladas (y cantadas) y las partes mudas, donde las explicaciones siguen con los carteles de antaño.

El sonoro en general y el musical en particular hicieron furor tras esta entrada triunfal. Así que las majors empezaron a trabajar en serio para realizar los mejores musicales. Y eso nos lleva a uno de los más brillantes de la historia y que después traería una buena serie de películas con el mismo nombre Melodías de Broadway, de Harry Beaumont y estrenada en 1929. Basada en la historia de dos hermanas que se comparten el sueño de triunfar en el espectáculo y el amor de un hombre, tiene algunos de los números más brillantes de la historia de los musicales.

El arranque nos situa en una Nueva York dinámica, reforzada por unos planos aéreos espectaculares. Y entonces, el protagonista entra en una sala donde un montón de músicos están ensayando. Me parece especialmente brillante el retrato que hace de un sitio donde se entremezclan un montón de voces. Pero luego es capaz de fijarse en cada uno de ellos haciendo desaparecer el sonido de los demás. Y la escena se cierra con el tema principal de la película, del mismo nombre que el film.

Sólo un año antes del estreno de Melodías de Broadway, en la primera edición de los Oscars, ganó el premio a la mejor película una muda; Wings, de William Wellman. Sería la primera y última muda en conseguirlo. Y no deja de ser significativo que el segundo año fuera este musical el que se llevara la estatuilla.

De alguna manera, estos films sentaron las bases que llevarán nuestro cine hasta los paradigmas actuales como High school musical, pasando por los clásicos de Gene Kelly, Fred Astaire y Ginger Rogers, o clásicos populares como Grease, West Side Story o El fantasma de la Ópera.