Alberto Lacasa

Audiovisual, política y más allá

personal

La cultura de las subvención (III): su fin

Es muy cómodo criticar la actitud a derechas e izquierdas sin luego hacer algunas propuestas que proporcionen una alternativa a lo que ahora existe. Y mi propuesta es: cambiemos de chip.

El gran problema de nuestro mercado laboral es su escasa productividad. Eso no se soluciona en 2 semanas ni en 2 años. Así que lo primero es asumir que esto va a ser doloroso (de hecho, ya lo está siendo). Pero hay cosas que se pueden solucionar ya.

En primer lugar, los salarios de la gente tienen que ir más ligados a la productividad y menos al IPC. No digo que se desligue totalmente de lo segundo, pero sí debería ir más unido a los resultados. Si la productividad sólo sube un 1% y los precios un 4%, los salarios deberían estar entre las dos cifras. ¿Pérdida de poder adquisitivo? Sólo mientras la productividad esté por debajo del IPC. Lo contrario nos lleva a generar paro.

Los sindicatos deberían cambiar de estrategia: el objetivo no es conseguir que las empresas, una vez contratan a alguien, sientan que están casados por la iglesia con él. Lo ideal es que el empresario vea al trabajador como imprescindible. Se trata de que la fuerza resida en el trabajador y no en el empresario. Que sea él el que decida irse porque es hipercompetitivo. Y sólo se me ocurre una forma: la formación. Creo que lo lógico es repartir el coste: forzar a las empresas a pagar parte de esa formación. La subida de salarios caerá por propio peso…

Los impuestos a las sociedades debería ser menor. Desde el punto de vista de la empresa, el impuesto es un coste más. Quizás alemanes y franceses puedan permitirse un impuesto elevado. España no. Habría que bajarlo. Además, es una forma de ayudar a las empresas sin perturbar la decisión de compra: todas cortadas por el mismo rasero.

Constituir una empresa debería ser cuestión de un día y no de meses, como ahora ocurre. El problema de crear una empresa es que la barrera de entrada es muy cara en tiempo y dinero. Y eso frena a muchos emprendedores. En los primeros años, la seguridad social de contratar a alguien debería ser gratuíta.

Invertir en empresas si se garantiza que se saldrá del capital en un tiempo corto (10 años a lo sumo) debería desgrabar un 100%. Se trata de socializar las fortunas de los ricos poniendo el esfuerzo en aquello que saben hacer mejor que el Estado: crear empleo y financiar a emprendedores que no tienen los recursos para hacerlo. La medida, por cierto, aumenta la recaudación de impuestos.

Otras medidas requieren más tiempo y son las que, de verdad, provocarán un cambio.

La educación debería estar estructurada de forma que potenciara más las aptitudes que el currículum. Si un niño es bueno en un área, reforcémoslo. Es curioso que aceptemos con naturalidad que a un niño que es bueno en el fútbol le demos una formación específica y a uno bueno en mates le exijamos que baje su nivel al de su clase. El talento hay que alimentarlo.

La universidad debería ser más competitiva, especializada en áreas de conocimiento. El objetivo no debería ser tener la universidad cerca de casa sino tener opción de ir a una reconocida en el mundo. A parte de algunas escuelas de negocios, en España sólo hay una facultad en los rankings: la de medicina de la UB.

Los recursos del estado deberían concentrarse en la educación de aquellas zonas más deprimidas. El objetivo no es la igualdad de resultados sino la igualdad de oportunidades, cosa que suele confundirse. Repito: igualdad de oportunidades, no de resultados.

Las ayudas a los sectores «estratégicos», que en mi anterior post criticaba, se han de retirar muy poco a poco y condicionado a los demás países. Si los retiráramos de golpe es cierto que sería un drama para los trabajadores inasumible. Y tampoco es justo que un país ofrezca un modelo de libre mercado para que luego otra empresa, ayudada por un estado, la compre. Así que no es viable hacerlas desaparecer en seguida. Pero sí poco a poco.

La posibilidad que una gran empresa española sea comprada por una empresa foránea no es malo. Significa una entrada de capital al país equivalente al valor de lo que se va, así que el flujo de valor es 0.

Conozco personalmente a gente que han montado empresas que luego han vendido por varios millones de euros. Y lo que han sacado no lo han gastado ni en alcohol ni en putas. Han montado otra empresa, y han invertido en otras generando de nuevo valor aquí. No veo dónde está el problema…

Otra cosa es que cuando ha entrado capital en el país se ha gastado en cosas poco productivas (como la construcción). ¡Pero eso no es culpa de vender cosas sino de reinvertir mal!

Hay una segunda pregunta que surge del panorama de dejar de ayudar a empresas que acabarán por deslocalizar. ¿A qué nos dedicaremos? ¿A qué se dedicará toda la gente que ahora trabaja en esos sectores?

La idea de no eliminar los recursos que se les dan de golpe nace de esa inquietud. Mucha de la gente que ahora trabaja para esas empresas no podría reciclarse a tiempo para trabajar en otros sectores, por lo que retirar estas ayudas los dejaría a medio plazo en la pobreza. Algo intolerable.

Si las ayudas se retiraran de forma paulatina y en plazos largos (por ejemplo 20 años), la gente que ahora se dedica y es joven tendría tiempo de sobras. Y los que tengan más de 40 años ya tendrían tiempo de acabar sus días en los lugares en los que están. Por lo tanto, el problema desaparece.

Pero la pregunta se mantiene: ¿a qué se dedicará la gente joven? La respuesta es: no lo sé. Esa es la esencia de la innovación. ¿Alguno de los 15 mil que trabajan en Google sabían a qué se dedicarían hace 10 años? ¿O los otros tantos de Facebook? Imposible, porque no existía ni el sector como tal. Incluso hay sectores tradicionales en los que también se han creado mercados nuevos. También Nespresso, La Fageda o Mango son ejemplos de innovación que hace unos años nadie hubiera imaginado.

Tarde o temprano deberemos asumir que son las empresas y sus trabajadores las que generan la riqueza. Y para eso deberíamos jugar todos con las mismas reglas, sin estar sometidos a las arbitrariedades estratégicas (y personales) de unos pocos que, por cierto, suelen equivocarse.

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