Alberto Lacasa

Audiovisual, política y más allá

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Quién me pone la pierna encima…

Mítica frase de la historia de la tele, ¿no?

Más allá de la anécdota, yo creo que es muy descriptiva de la actitud de mucha gente delante de los problemas. Y eso se agrava en momentos de crisis como este. Cuando el tema sale en alguna conversación, no es raro que la gente, en seguida, hablen de las ganancias obscenas de los constructores, de la avaricia de los bancos y las cajas, de los ayuntamientos exprimiendo el precio de los suelos más allá de lo razonable. Y tienen razón.

Pero apenas escucho a nadie que diga que la gente «normal» también hemos vendido el piso tan caro como hemos podido. Y cuando el banco nos ofrecía más dinero que el de la tasación del piso, más que quejarnos, lo aprovechamos para comprar un coche por encima de nuestras posibilidades. Y cuando el miedo nos atenazó cuando se nos comían las deudas y las renegociamos, aprovechamos para volver a incrementar nuestros gastos.

No sé (y tampoco me importa mucho) si el grado de responsabilidad es igual o diferente para los unos y los otros. Pero lo que me parece grave es que, en el fondo, es muy fácil culpabilizar a otros de nuestras penalidades. Tendemos a pensar que alguien nos pone la pierna encima para que no levantemos cabeza.

Descargar la responsabilidad en otros es muy cómodo. El problema es que esa reducción de responsabilidad también nos hace menos libres. Y hablo sobre todo de la actitud mental. Si es verdad que hay alguien capaz de ponernos la pierna encima, ¿qué podemos hacer nosotros para salir de nuestros problemas? Y, a la vez, yo creo que también nos hace más tristes. ¿Por qué? Porque la sensación de impotencia de ver que no puedes hacer nada es terrible.

Así pues, yo creo que, después de lo que ha pasado, lo ideal es asumir nuestra parte de culpa para así, poder tomar medidas en la dirección correcta. Si nos endeudamos demasiado, dejemos de pensar en los errores que han cometido los bancos (que los han cometido) y actuemos por cambiar nuestra situación. Seguro que estaremos un paso más cerca de la felicidad.

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Muerte on the air

Estos días ha dado la vuelta al mundo la historia de la exconcursante xenófoba de Gran Hermano que, a punto de morir, ha vendido en exclusiva su proceso de agonía. Y todo por una buena causa, pagar la educación de sus hijos.

El tema ha traído cola porque muchos opinan que es inmoral. Otros dicen que es bello porque el fin demuestra un amor increíble por sus pequeños. Incluso entra en el debate el papel que juega la televisión en todo esto. En mi opinión, el debate es profundo, pero caduco.

Vaya por delante que cada uno hace con su vida (y su muerte) lo que le da la gana. Y si alguien quiere vender en exclusiva su muerte, pues perfecto. Y si a alguien le interesa semejante estupidez, es muy libre de tragar tanta basura como le plazca. Faltaría más.

Ahora bien, ¿tiene derecho una televisión a hacer esto? Muchos defienden que son empresas privadas y que, por tanto, pueden hacer lo que quieran. Y si la gente lo consume, pues adelante. El problema es que eso es una media verdad. Estos medios hacen uso de un bien muy escaso, el espacio radioeléctrico. Por eso, el Estado hace un reparto de ese bien en base a unos criterios. Así, es cierto que son empresas privadas pero en base a una concesión pública. Y esa concesión tiene unas condiciones. Y si no hacen un uso cabal de ese bien, hay que retirárselo.

No es sólo una cuestión inglesa este debate. También en nuestro país se producen contenidos de una dudosa talla ética. Sin ir más lejos, hace muy poco se estrenó La caja, un programa donde gente con fobias sufre un tratamiento al más puro estilo conductista de la naranja mecánica.

Por tanto, el debate pasa a ser ¿debemos aceptar que un medio malgaste ese bien de todos en tamaña estupidez? ¿Y quién decide eso? Mientras algunos nos tiramos de los pelos, el hecho cierto es que a mucha gente le interesa vistas las audiencias que dan este tipo de programas. Así que, quizás, si les preguntáramos a ellos darían su aprobación.

Pero este debate ha perdido fuerza con la llegada de los youtube‘s porque esa responsabilidad que yo estaba exigiendo unas lineas antes, el hecho de que los medios decidan qué podíamos o no ver, ha dejado de tener sentido. Sin ir más lejos, todo el que quiso vio la muerte de Sadam.

Ellos no ocupan un espacio radioeléctrico que esté impidiendo que los demás puedan emitir. Ha dejado de ser un bien escaso. Además, cualquiera que esté muriendo (o cualquier otra cosa estrambótica que quiera explicarnos) podrá contárnoslo directamente. Y, cuando alguno genere un interés especial, siempre habrá alguien dispuesto a pagar una exclusiva. Y el debate dejará de tener sentido respecto a la responsabilidad de los medios.

Seguirá habiendo gente que cuestione la moralidad o ética de mostrar cierto tipo de cosas, pero estamos hablando de la libertad de que cualquiera me cuente lo que quiera. Y lo más interesante, se trata de mi libertad más absoluta de ver lo que me plazca. La responsabilidad de decidir si algo es visible o no, es mía. Y sólo mía. ¿Se os ocurre un escenario mejor?