Alberto Lacasa

Reflexiones sobre televisión y cine

personal

Viaje a Grecia (II): Atenas

A parte de la Acrópolis, Atenas tiene muchas más cosas en forma de ruinas. Cuando bajamos de la piedra sagrada pasamos por una roca, que resbalaba una barbaridad que llamaba mucho la atención. Por lo visto se llama Areópago y es el lugar en el que, según la tradición griega, se realizó el primer juicio de sangre de la historia después de que Ares, dios de la guerra, asesinara a uno de los hijos de Poseidón.

Subimos a pesar de que resbalaba muchísimo allí donde en el s. V a.C. se enjuiciaba a los criminales. Desde alli tuvimos la oportunidad de ver una bonita estampa de algo que visitaríamos a continuación: el ágora griego.

Una de las cosas interesantes de viajar a un sitio así es que acabé refrescando casi sin quererlo, muchas palabras que sólo había pronunciado para decir que no recordaba exactamente qué eran: órdenes jónico, dórico y corintio, friso, establamento, metopa o triglifos son sólo algunos ejemplos.

Los ágoras que visitamos, que fueron unos cuantos, te debajan muy clara la estructura típica de este tipo de centros urbanos. En esencia, eran centros con edificios públicos rodeados por estoas, que son porches cubiertos con montones de columnas y que hacían de entrada. Es el edificio que hay a la derecha de la foto perfectamente reconstruído. Por lo visto se llenaban de tiendas y también de filósofos educando a sus pupilos.

Y al salir de ahí nos dirigimos al barrio de los alfareros. Más allá de las ruinas y el museo que también puede visitarse allí, hay una historia mítica muy bonita. Según la mitología griega, Deméter era la diosa de la agricultura, de la vida y de la fertilidad. Y su hija Perséfone fue secuestrada por Hades, el dios del inframundo. Deméter empezó a buscar a su hija y descuidó sus funciones con lo que llegó el invierno.

Deméter acabó encontrando a su hija y pudo sacarla de allí, por lo que llegó la primavera y, de nuevo, la vida. El problema es que Perséfone había comido frutos de una granada del inframundo y nadie que hubiera probado comida de muertos podía volver al mundo de los vivos. Pero llegaron al acuerdo que Perséfone pasaría un tercio del año en el inframundo. Y así llegaron las estaciones.

En una población muy próxima, Eleusis, había un santuario dedicado a Demetra y su hija Perséfone. Y durante 2000 años se hicieron peregrinaciones que salían de este barrio en lo que se conocía como misterios de Eulesis. ¿Sabéis cuándo se perdieron? Pues cuando el emperador Constantino I, no sólo legalizó el cristianismo sino que hizo todo lo posible por acabar con el paganismo. Y los misterios fueron reprimidos.

Cuando los romanos llegaron a la ciudad también montaron su centro de reunión público: el foro romano. Es algo más pequeño que el ágora romano (o a mi me lo pareció) pero su pequña joya es la torre de los vientos. Es una torre octogonal en la que cada una de sus caras hay un relieve relacionado con la deidad del viento correspondiente. Y, por lo visto, dentro había una clepsidra. Sé que suena fatal pero tranquilo, no te estoy insultando. Es un reloj de agua.

Antes de subirnos al monte Filopapos visitamos dos cosas más. La primera es un templo ortodoxo muy chiquitín que tiene un encanto enorme: la Panagia Gorgoepikoos. Está justo al lado de la actual catedral y en la época que se construyó (s. XII)  tenía espacio suficiente. Da una idea de cómo esta ciudad decayó con el tiempo…

Y acabamos visitando el templo de Zeus Olímpico. Se trata del templo más grande jamás construído hasta la época de los romanos. Tardó muchos años en construírse porque tuvo pausas enormes. Creo que fue Aristóteles que lo puso como ejemplo de desmesura, algo que a los dioses no les gustaba demasiado. Pero muchos años después, el emperador romano Adriano se decidió acabarlo bajo la premisa de su increíble tamaño.

Cuando bajamos de Filopapos intentamos encontrar algún sitio para cenar que no fuera para guiris. He de decir que lo conseguimos a medias. Encontramos una cadena de hamburgueserías que se llamaba Goody’s. Sé que no suena muy griego. No era nuestra intención pero es que a lado y lado sólo veíamos cafeterías y el hambre apretaba.

Pero eso sí, ni un solo guiri a la vista. Y, además, resultó ser el fast food líder del país creado por un griego. Por cierto, su carta es mucho mejor que cualquiera de las que podemos probar por aquí. Goody’s nos acompañaría algunos días más porque no sólo se podían pedir hamburguesas (también tenían ensaladas y diversos tipos de pasta) y estaba por todas partes.

Cuando llegamos al hotel caímos rendidos ya con la cabeza puesta en el al día siguiente el calor seguiría apretando y que, además, debíamos recorrer unos 200 kilómetros. Íbamos a conocer la cuna de la cultura helénica: Micenas, la capital de un poderoso imperio del s. XV a.C..

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