Nacionalismo y patriotismo

No son pocas las veces que hemos escuchado “yo no soy nacionalista, yo soy patriota”. Pero, ¿cuál es la diferencia entre un concepto y el otro? Los que defienden la distinción señalan que el patriotismo tiene que ver con el amor a la patria, a lo propio. Un concepto que viene muy de lejos. En cambio, el nacionalismo es un concepto mucho más moderno y tiene que ver con el desprecio a lo ajeno, basado en el odio.

En cambio, esas mismas personas hablan sin tapujos que la única nación es la española, o también que España es una gran nación. Al gran debate político anual le llamamos debate del estado de la nación. Lo “otro”, suponiendo que lo concedan, son “nacionalidades”. La pregunta es: ¿cómo es posible que un concepto esté tan denostado para unas acepciones y tan positivo en otras?

El concepto nación nace con la revolución francesa muy ligado al de ciudadanía y se expande en la época del romanticismo. Con él se forjan la nación y democracia francesa, las unificaciones alemana e italiana… Y cala la idea del estado nación. Los problemas del nacionalismo llegan cuando un señor con mala leche, que provocó 50 millones de muertes, decidió llamar a su máquina de matar nacional socialismo. Curiosamente, el concepto socialismo quedó intacto (quizás porque tuvo un contrapoder), pero el nacionalismo quedó ligado al genocidio.

No es de extrañar que una mente tan privilegiada como la de Einstein tuviera recelos cuando le decían que en el norte de España había unos tipos que se hacían llamar nacionalistas (y algunos, socialistas a la vez). También es verdad que, cuando el buen señor vino y lo conoció de primera mano dijo: “ahora os entiendo, pero no le llaméis nacionalismo”.

Vale, hemos convertido la palabra en pecado. Pero, ¿qué diferencia real hay? Quiero decir, ¿cómo puede alguien justificar que él forma parte de la nación española, que se siente orgulloso y luego añadir que él no es nacionalista? Vamos a plantearlo de otra manera: ¿qué hace diferente a un patriota español y a un nacionalista catalán?

¿Cómo es un patriota español? Es un tipo que disfruta viendo ganar a la selección española. Incluso puede pintarse la cara con los colores rojigualdos. Le hace gracia que Alonso gane en la Fórmula 1 o que un científico español descubra la vacuna contra en SIDA. Se enorgullece de los pintores que la historia ha decidido prestarle y se emociona viendo la riqueza paisajística de su país. Por no hablar de la gastronomía. Y, claro, le duele que sus políticos tengan tan poca influencia en el mundo y que su soberanía sea papel mojado delante de la fuerza de los alemanes. También le duele que le insulten, llamándole vago desde latitudes más próximas al frío del polo norte.

¿Y un nacionalista catalán? Pues no puede ver la selección catalana, pero le gustaría. Le gusta que gane Pedrosa o Jaume Alguersuari. Valora sus científicos, paisajes, gastronomía. Y, claro, le molesta que sus políticos no decidan tanto como le gustaría a él, que le insulten… O sea, exactamente lo mismo.

¿Exactamente lo mismo? No, exactamente lo mismo no. Porque él no disfruta de su selección, ni puede decir que a él Alonso le importa tanto como a un español Romain Grosjean. Y sus símbolos, por ley, son menos símbolos que los del patriota español (las banderas españolas, por ejemplo, han de estar en el sitio preeminente). Y, por supuesto, aunque proteja la lengua mucho menos que el patriota español, se excede. Es decir, que son lo mismo. Pero uno más legitimado que el otro.

¿Y qué aporta ese extra de legitimidad? El estado. Los sociologos se pasaron muchas décadas diciendo que patriotismo y nacionalismo no son lo mismo. Pero hace 30 años que eso ha dejado de ser así. Siempre encontraremos filósofos dispuestos a decir lo contrario y, curiosamente, son los mismos que se llaman a si mismos patriotas. Pero la mayoría reconocen que no hay distinción posible.

El debate lo abre Michael Billig, un experto en psicología social, que construye el concepto nacionalismo banal. Banal no porque sea minúsculo, sino precisamente por lo contrario. Es tan habitual, forma tanto parte de la vida cotidiana, que se percibe como “lo normal”.

Por ejemplo, es normal ir a la plaza de la Cibeles de Madrid y que esté llena de banderas. Y es normal que, cuando salen los toros, la plaza esté presidida por banderas españolas. De hecho, es que lo es: no es que pase, es que es “lógico”. No puede ser de otra manera.

cibeles

Incluso es normal (y esto ya debería preocuparnos, no lo anterior) que en la semana santa hagamos salir los pasos religiosos con el himno de España y que vírgenes y Cristos vayan seguidos por la legión, que canta “el novio de la muerte“. Menudo cockel, ¿eh? Patria, fe y ejército.

 

Ya hablaré otro día de los medios de comunicación, pero hoy un apunte. Se dice que TV3 trata de imponer una idea de nación catalana en base a que en el espacio del tiempo dibujan “els paisos catalans” y no sólo el principado. Estos mismos no dicen que, hasta que lo impidió el PP, el canal autonómico se veía en las 3 comunidades, así que era el territorio de su audiencia. ¿No parece normal que una televisión dé el tiempo del territorio donde se emite? Pero, ¿sabéis qué os digo? Que tienen razón. Respondía y responde a una visión del territorio.

mapa del tiempo

Ahora bien, ¿pensáis que el mapa del tiempo de TVE (y el resto de cadenas) no crea marco de referencia? ¡Pues claro que sí! Alimenta una forma de ver el mundo. Yo no digo que tenga que cambiar, ni que esté mal, ni que sería mejor de otra manera. Pero si el criterio de la audiencia es válido para TVE, no veo por qué no debería serlo para TV3.

El mapa de TVE genera relato y visión del mundo. Os lo pregunto de otra manera. ¿Qué le confiere al mapa de TV3 de un poder especial que el mapa de TVE no tiene?

mapa del tiempo tve

La fuerza del nacionalismo banal es que, a través de su normalización, se incorpora con fuerza en el imaginario colectivo negando su propia existencia. Se le detecta porque lleva a sus defensores a respuestas del tipo: “porque es lo normal”, “¿dónde estamos?”, “lo pone en tu DNI”… Pero cuando se topa con otra legitimidad incapaz de banalizar sus símbolos y que se ve obligada a construir un discurso, esa es, también, su gran debilidad.

Post de Alberto Lacasa publicado el mayo 13th, 2013

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