Posts de historia

El día de Sant Jordi me regalaron un libro que hacía tiempo que tenía entre ceja y ceja; Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind. Me lo recomendaron hace años y el tema me llamaba la atención. El libro relata las relaciones entre los directores de Hollywood en los años 70, una época clave en la construcción del lenguaje cinematográfico y en las relaciones entre los creadores y la industria.

Lo que el libro explora es la aparición en los 70′s en lo que viene a llamarse New Hollywood y del que forman parte de directores tan reconocidos (algunos sólo conocidos) como Steven Spielberg, George Lucas, Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Pero, además, también relata cómo directores con tanto talento (quizás hoy no tan conocidos) como Peter Bogdanovich, Hal Ashby o Dennis Hopper no consiguieron aposentar sus carreras.

Hasta finales de los 60′s, la estructura de la industria giraba en torno a los productores. Pero dos hechos vinieron a concretarse en la revolución del New Hollywood. Por un lado, en Francia llevaba años fraguándose el concepto autor, poniendo en el alma de la creación cinematográfica al director. Cuando esas teorías se concreten en la Nouvelle Vague, los aspirantes a director querrán replicar el modelo en su país.

Por otro, las universidades cinematográficas lanzaron al mercado sus primeras hornadas de estudiantes a la industria. Era la primera generación formada universitariamente para dirigir films.

En ese punto empieza el ensayo del libro. Tras el éxito de Easy rider (1969) de Dennis Hopper y La última película (1969) de Peter Bogdanovich, la industria hará un giro hacia el cine de autor. No es, ni mucho menos, que se abandonaran los títulos comerciales. También en aquella época también se estrenaron films como El coloso en llamas (1974) de John Guillermin e Irwin Allen o Love story (1970) de Arthur Hiller. Pero sí que se prestó atención a una nueva forma de cine que cambiaría, incluso, el cine comercial.

A pesar de que apenas duró muy poco, la lista de películas increíbles que dieron aquellos años no se acaba. El padrino I & II (1972 y 1974), La conversación (1974) o Apocalypse now (1979) de Coppola. Malas calles (1973), Taxi Driver (1976), El último vals (1978), o Toro salvaje (1980) de Martin Scorsese. THX 1138 () o American Graffiti () de George Lucas. M.A.S.H. (1970) o Los vividores (1971) de Robert Altman. Shampoo (1975) o Bienvenido Mr. Chance (1979) de Hal Ashby. Mi vida es mi vida (1970) de Bob Rafelson. En fin, que no acabo…

Aunque en realidad el fin de esta época lo marcaron por diferentes motivos El padrino, Tiburón (1975) de Steven Spielberg y La guerra de las galaxias (1977) de George Lucas entre otras, se ha querido señalar como culpable de la caída de ese movimiento cultural La puerta del cielo (1980) de Michael Cimino por la ruina que supuso a la productora United Artist.

En mi opinión, el libro es casi imprescindible para comprender los resortes que aquella época movieron y cómo un grupo de talentosos artistas acabaron (la mayoría) tan mal. Drogas, alcohol, creatividad, narcisismo… Un cocktel terrible para sus vidas pero delicoso para nosotros, los espectadores.

Los sueños de Federico Fellini

Desde el mes de Febrero y hasta este fin de semana (13 de junio de 2010), el Cosmocaixa de Barcelona hace una exposición de Fellini. Como me hacía mucha ilusión ir a verla y hacía demasiado que no veía películas del director italiano, he hecho un repaso (algo superficial, para qué engañarse) de su filmografía. Fui y la disfruté como un niño.

Fellini es uno de esos directores que si coges una sola película puede resultar desconcertante. Puede incluso llegar a costar entender sus resortes, si tienes las neuronas muy acostumbradas a un cine con un paradigma más clásico o comercial.

El cine de Federico Fellini podríamos separarlo en dos grandes bloques. De hecho, aunque hay un cierto hilo conductor, los cambios son muy notables. Incluso me atrevería a decir que el cambio es disruptivo. Es decir, no hay una evolución lenta entre la primera época y la segunda sino que, de repente nos encontramos con películas muy diferentes.

Según dice la wikipedia, Fellini empezó en el cine haciendo carteles de películas. Pero el elemento clave es que Vittorio Mussolini, hijo del dictador y apasionado del cine, le presentó a Roberto Rossellini. Y empezó a trabajar para este como guionista.

Como toda dictadura que se precie, se obsesionó por hacer películas propagandísticas. Hemos de tener en cuenta que, además, estaban en guerra contra el mundo. Eso requería importantes chutes de nacionalismo cerril. Claro, tanto Rossellini como Antonioni, entre otros, colaboraron a hacer estas películas de corte fascista. Pero en realidad, ellos debían sentir una fascinación increíble por un movimiento estético frances de raiz comunista; el realismo poético. Básicamente era un cine hiperrealista y que ponía en solfa las injusticias sociales.

Ello llevó a que, acabado el régimen, el cine italiano dio un giro de 180 grados hacía lo que se conoce como neorrealismo italiano, muy inspirado en el movimiento realista poético francés. Y es en ese momento que Fellini se pone a escribir guiones y pronto a dirigir. Su implicación en este campo es tan importante que es coguionista del primer film neorrealista; una película de Rossellini llamada Roma, ciudad abierta de 1945.

En 1950 empieza a dirigir. Su primera película no sólo apunta maneras sino que me parece un ejercicio de increíble sensibilidad; Luces de variedades. En una historia que me recuerda mucho a la maravillosa El ángel azul (1930) de Sternberg. Una joven con grandes aspiraciones en el mundo de la interpretación se acoge a los brazos de un artista con delirios de grandeza.

Después vendrían películas como Los inútiles (1953), La strada (1954) o Las noches de Cabiria (1957) entre otras. Muchas de ellas las podríamos considerar obras maestras. Y en todas ellas se muestran una serie de constantes:

En primer lugar es un cine claramente neorrealista todo y que, a diferencia del realismo poético o el trabajo de alguno de sus contemporáneos (como Vittorio de Sica), no siempre acaba hablando de gente “pobre”. De hecho, en algunos momentos se centra en medio burgueses para hablar de los problemas que le preocupan.

Desde el punto de vista narrativo, las estructuras tienden a ser clásicas. Con una estructura muy bien definida aunque con un ritmo y una forma de retratar la realidad que no acostumbra a verse en el cine mainstream de la época.

A pesar de que su cine hablaba de dramas terribles, era muy positivo, en tanto que habla de gente que acaba sacando agallas frente a situaciones muy difíciles. Paradigmático podría ser el caso de Las noches de Cabiria. Perdonadme si cuento un final (si no queréis leerlo, saltaos este párrafo). La protagonista se ve abocada a perder todos sus ahorros, que se ha ganado prostituyéndose, porque se los roba el hombre de su vida. Este, incluso, intenta matarla. Aún así, ella recupera la ilusión en un increíble plano final de ojos emocionados. Eso provocará que la democracia cristiana italiana se sienta muy próxima a su sensibilidad artística.

Por último, destacaría una constante maravillosa, que se mantendrá en la segunda época; su mujer Giulietta Masina. Actriz maravillosa, combina a la perfección en sus personajes un carácter fuerte con una sensibilidad profunda y entrañable. Este carácter encaja a la perfección con las tramas que propone Fellini, por lo que se convirtió en su verdadera musa.

Aunque en su cine no se nota, en los años 50, Fellini empieza a interesarse por el psicoanálisis. Y en 1960, el director italiano estrena una obra que será el primer paso a ese cine más psicoanalítico; La dolce vita. En ella cuenta la historia de un fotógrafo de famosos a los que dará nombre por siempre más; paparatzo (paparatzi en plural). Míticas son, sin duda, la secuencia con Anita Ekberg en la Fontana di Trevi y la de los helicópteros que transportan la estatua de Jesús.

La película muestra una sociedad desenfrenada; sexo, drogas, alcohol, orgías fáciles y un alto grado de irreverencia. La democracia cristiana quedará sobrecogida hasta el punto que lo dejarán de considerar de los suyos.

Este es sólo el primer paso hacia ese cine del que hablamos menos narrativo y más inspirador de sueños. Se adentrará en ese terreno definitivamente con 8 y medio (1963). Protagonizada por Marcelo Mastroianni, que se convertirá en una constante de su cine, cuenta la historia de un director de cine que va perdiendo el rumbo. Llega a ser tan autobiográfica que el título hace referencia a las 8 películas y el cortometraje para la película Boccaccio ’70 (1962).

Películas como Roma (1972) llegan a ser una serie de episodios con un hijo conductor muy fino (en este caso, la propia ciudad). En este film Federico Fellini hizo un precioso e irreverente retrato de la capital italiana. Desde una severa crítica al fascismo (empieza con un profesor antes de la caída del régimen cruzando el Rubicón), pasando por secuencias totalmente modernas, como un regimiento de motos cruzando la ciudad.

Una de las más divertidas es Amarcord (1973), que significa “me acuerdo”. Como en Roma, Fellini hace un retrato muy personal sobre los años de la dictadura. Míticos son los pechos entre maternales y eróticos de la estanquera de la que está enamorado el protagonista.

Su cine irá perdiendo fuerza con el paso de los años. Eso no significa que películas menores en su haber, como La ciudad de las mujeres (1979). sean malas películas. Eso estaría muy lejos de la realidad. De hecho, la secuencia (de nuevo onírica) del final es una pequeña joya.

Si vivís en Barcelona y aún no os habéis pasado por la exposición, os la recomiendo mucho. No pasa nada si no habéis visto ninguna o pocas de sus películas. Puede ser una buena vía de acceso para tomar una visión general de su obra. Os dejo con el anuncio que hicieron.

El cine indi de papá se acaba

miramax

Hace un par de semanas cerró Miramax, una de las productoras más importantes de las últimas 3 décadas. Su especialidad ha sido producir films de cine independiente en USA. Pero su cierre es mucho más que un cierre. Significa el fin de un cierto cine independiente acomodado. Quizás te preguntes por qué.

Miramax la fundaron en 1979 dos hermanos muy conocidos; Bob y Harvey Weinstein. En sus inicios, lanzaron sus primeras producciones y distribuyeron algunos films europeos en América. Pero, en mi opinión, lo más importante llegó cuando fue comprada por Disney en 1993.

De repente pasó de producir films con cuatro duros, financió películas igualmente de corte “minoritario” pero, eso sí, con todo el dinero que hiciera falta. Es lo que Salvador Llopart en La Vanguardia ha acertado en llamar cine indi de papá. La imagen me ha parecido genial.

El estandarte de Miramax podríamos decir que ha sido Tarantino, que ha crecido a su auspicio. Sus películas, de corte vanguardista pero plagadas de estrellas, responden muy bien a este nuevo estilo que se abrió.

A raiz de este movimiento, muchas de las grandes productoras realizaron movimientos similares; o adquirían una productora independiente o, directamente, creaban la suya. Ejemplos hay muchos.

Warner Bros. creó una división para films de menos de 20 millones de dólares que llamó Warner Independent Pictures, que acabó adquiriendo New Line Cinema. Paramount Vantage fue creada por la Paramount a finales de los 90. La lista de empresas subsidiarias creadas es enorme; Go Fish Pictures, Fox atomic o Hollywood pictures son sólo algunos ejemplos.

Pero ahora casi todas han cerrado (las de la lista anterior todas). De hecho, importante queda Sony Classics y poca cosa más. Así, parece que Miramax inició un modelo productivo y parece que también lo ha cerrado.

Ahora cuesta de creer que en los años 40 la industria del cine fuera quien financiara en gran parte la II Guerra Mundial. Su hegemonía ha ido cayendo. Daría para otro post hablar de cómo las grandes productoras, en realidad, ya no tienen autonomía para decidir su estrategia, ya que dependen de grandes conglomerados mediáticos.

Teniendo en cuenta las dificultades propias ya de la industria, ahora se ha unido la crisis financiera que ha dado la última estocada al sector. De hecho, los hermanos Weinstein, cuando a mediados de esta década pasada abandonaron Miramax, crearon The Weinstein Company. A pesar de tener valores tan reconocidos como Tarantino, Michael Moore o Rob Marshall y de todo el conocimiento que tienen del sector, está al borde de la quiebra.

Por desgracia, tampoco es que haya muchas formas de financiar cine outsider. Cine que no forme parte de la estructura de las grandes productoras. Ese es un grave problema que tiene el cine en general y el norteamericano en concreto. En el fondo, es como acabar con la cantera o, lo que es lo mismo, caminar hacia el estancamiento creativo (si es que no estamos ya en ese punto).

Aún así, uno no deja nunca de ser optimista. Si en su día valores como Wes Anderson, Spike Jonze o Michel Gondry encontraron el camino para darse a conocer, no tengo dudas que los jóvenes talentos acabarán por dar con él también. ¿Será youtube?

Eso sí, el cine como industria deberá plantearse cómo facilitan ellos ese proceso que tanto puede enriquecerlos. O el dolor puede ser aún más intenso.

El 3D no es tan innovador

jim the penman

Con el espíritu rebelde que me caracteriza, justo hoy, día del estreno de Avatar, quiero recordar que esta tecnología es más vieja de lo que podamos imaginar.

La primera película en 3D se llama Jim the Penman (Jim, el oficinista) y data de… ¡1915! Se trata de un cortometraje y venía acompañado de otros 2 que no eran de ficción; uno sobre la américa agrícola y otro sobre las cataratas del Niágara. Ya sé que la fecha en si misma impresiona pero lo hace todavía más si tienes en cuenta que es el mismo año en el que se estrenó Nacimiento de una Nación de David H. Griffith, que está considerada la primera película tal y como hoy las entendemos.

El primer largometraje no llegó hasta 1922 con The power of love (El poder del amor), y la primera película 3D hablada sería una película italiana, Nozze vagabonde (Bodas vagabundas) de 1936.

Es curioso porque en los años 50 hubo un boom muy fuerte con el 3D tras el estreno de una película de bajo presupuesto llamada Bwana Devil y que llevó a un montón de salas a equipar la tecnología en sus salas. La realidad es que duró poco. Después de este estreno en el 52, se realizaron 27 películas en el 53, 16 en el 54 y 1 en el 55.

Si queréis profundizar un poquito más, podéis leer este artículo en inglés, que da algunos detalles más de estas películas.

100 años de efectos visuales

Ahora que todo el mundo está hablando de 2012 y sus efectos especiales de 2012 me apetece recordar un vídeo que resume 100 años de efectos especiales. En su día lo vi en microsiervos. ¡Disfrutadlo!

Historia de los musicales (5): Llega el pop

Grease

La historia de los musicales empieza a la vez que nace el cine sonoro y toma el modelo del teatro de la época. Y, después de varias décadas de un éxito enorme, el público se fue apartando del género. Por lo menos, tal como lo habían entendido hasta entonces. Pero estos cambios no se producen de forma repentina.

El público que disfrutaba con los bailes de Astaire y Kelly, se fue haciendo mayor. Pero una nueva generación estaba mucho más interesada en otro tipo de musicales que ya anunciaba su nacimiento a principios de los 50, en pleno apogeo del clásico musical (recordemos que de aquella época son algunas de las mejores obras de la historia).

Se trataba de coger a estrellas de la música y ponerlas delante de la cámara. No era tan importante la capacidad interpretación del protagonista o protagonistas como la popularidad de estos. La factura tendía a ser más bien tosca y de escasa calidad pero de un éxito abrumador. En definitiva, es la semilla de lo que hoy muchas veces nos vemos obligados a sufrir on artistillas de medio pelo.

Hay 2 representantes fundamentales de esta incursión del pop en el musical. El primero de ellos fue el gran Elvis Presley que, aprovechando el tirón de James Dean y su Rebelde sin causa, protagonizó algunos films en los que hacía justo ese papel, eso sí, cantando como los ángeles.

Empezó en los 50′s con algunas de las más conoidas; Love me tender (1956) o El rock de la cárcel (1957) son dos ejemplos. Pero la época fuerte fue la década de los 60′s, donde Elvis participó en 27 películas.

El testigo lo tomaron el primer grupo capaz de mover masas con una fuerza inaudita y, siento decir que para mi gusto uno de los más sobrevalorados de toda la historia de la música; The Beatles. Más allá de gustos personales, el hecho cierto es que la banda que reconocía ni siquiera se escuchaba en los conciertos cuando tocaba de los gritos de las fans (no he podido evitarlo ;P), participó en algunas de las películas más conocidas de la historia del pop. Entre ellas, Help! (1965) o, la archiconocida, Qué noche la de aquel día (1964).
Yo no las había visto y me ha costado mucho acabarlas. Pero he de reconocer que el principio de Qué noche la de aquel día es fantástico.

Más allá de su calidad intrínseca, el hecho cierto es que su influencia ha sido fundamental para explicar cómo otras bandas de la época siguieron sus pasos y, sobre todo, la fuerte influencia que ejercieron sobre el resto de films a partir de los años 70′s.

No hay duda de que películas, como por ejemplo, Hair (1979) de Milos Forman, asumen los aires populares (y a ratos populista) de las películas basadas en grandes estrellas de la música. Yo reconozco tener auténtica adoración por este film y, sobre todo, por ese final contestatario y emocionante.
Me quedo con las ganas de ponerlo, pero a cambio pongo el arranque, que también es fantástico.

Creo que es innegable la influencia que ejercieron también sobre films que son estandartes de la cultura pop moderna; Fiebre del sábado noche (1977), de John Badham, y Grease (1978), de Randal Kleiser. Y también sobre una maravillosa rareza; The rocky horror picture show (1975) de Jim Sharman.

Es difícil explicar la experiencia que supone ver en directo esta película. Es una revisión del mito de Frankenstein pero desde una visión travestida. Una joven pareja enamorada a punto de casarse, acaba rodeada de un montón de iconos gays de una gran extravagancia. Si la veis en una sala de cine, veréis que el público llega disfrazado, con bolsas de confeti, pistolas de agua, diarios… Y, si con eso no tenéis suficiente para sorprenderos, veréis que el público, literalmente, participa del film; habla, grita, baila. Es una experiencia inexplicable que, si queréis, podéis ver por lo menos en Barcelona y, me consta, en Madrid. Os dejo con una brevísima secuencia.

En esta línea, incluiría un film que forma parte del imaginario colectivo de toda mi generación; Laberinto (1986) de Jim Henson, con David Bowie y una jovencísima Jennifer Conelly. Raptan a un niño por culpa de su hermana, que se verá obligada a cruzar un laberinto para dar con él.

Y, por último, otra gran obra maestra de los musicales de vanguardia con todo un disco de Pink Floyd; The wall (1982) de Alan Parker. Es un film casi incomprensible, que retrata de forma muy subjetiva, la historia de un tipo que no es capaz de escapar de los tentáculos de su madre.

Pero si en algo calaron de verdad aquellos primeros films de grandes bandas es su voluntad de transportar la música más allá de los Long Play. Las bandas dejarían de estar interesadas en hacer narrativa y, en cambio, convencieron a grandes directores de cine para que convirtieran algunos de sus conciertos en películas documentales.

Que nadie se equivoque. No se trata de esos conciertos grabados insípidos que hacen las bandas de hoy. Estoy hablando de documentales historia viva de la música, donde entramos en la realidad de los más grandes de la música rock. Donde profundizamos en una vida muchas veces atractiva y oscura que los encandila a la vez que los destruye.
Seguramente la más importante de todas es Woodstock (1970), de Michael Wadleigh, sobre el famoso concierto en contra de la guerra de Vietnam. Cera de medio millón de personas disfrutaron en directo de este concierto, en el que participaron músicos y grupos como Santana, Janis Joplin, The Who o Joe Cocker. En ese momento, eran músicos que creían en aquello de “Haz el amor y no la guerra”. Eran los idealistas del movimiento modernista.
Si hay un tema conocido de aquel concierto es la versión que Jimmy Hendrix hizo del himno nacional americano tratando de retratar todo el desgarro, dolor y desprecio que la guerra de Vietman estaba provocando entre la juventud de la época.

Cerca del final de los 70′s el sueño estaba casi muerto. Algunos de los grandes de la música habían muerto arrastrados por las drogas (Hendrix, Bob Marley…) y eso provocó la disolución de bandas tan grandes como The Band, ahora casi injustamente olvidada. Martin Scorsese dirigió una auténtica obra maestra llamada; El último vals (1978). Es una mezcla entre la grabación del último gran concierto de la banda (en el que participaron gente como Neil Young o Bob Dylan entre muchos otros) y documental explicando los por qués de ese final.
La grabación estaba perfectamente planificada pero el azar quiso que, mientras actuaba Muddy Waters sólo funcionara una cámara. Y, para mi, es también el más vibrante de todo el metraje.

Cuando el sueño estaba ya definitivamente roto, las bandas se dedicaron a transgredir todas las reglas escritas y no escritas. Y prueba de ello es el concierto retratado por Jonathan Demme de los Talking heads Stop Making Sense (1984).

En realidad la cultura popular y los musicales ya no han dejado de darse la mano, como demuestra por ejemplo la interesante Moulin Rouge (2001) de Baz Luhrmann. Pero las fronteras se harán cada vez más pequeñas, dando lugar a un nuevo estilo y ocupando, casi absolutamente en nuestros días, al musical en sentido clásico.

Movie record

Cuando iba de pequeño al cine, era una experiencia mucho más ritualizada que ahora; cola para comprar las entradas, palomitas, buscar el mejor sitio que quedaba libre, aguantar sin comer palomitas hasta que se apagaban las luces, trailers y, cuando salía el logo de la major, la excitación de que empezaba la película.
Y una de las cosas que más me gustaban era el jingle de movie record. Me emocionaba.

Buscando por youtube me he encontrado esta recopilación de jingles a lo largo de la historia, que me ha traído grandes recuerdos. ¿Dónde están las palomitas?

sonrisas-y-lagrimas

Después de que durante 40 años, y desde su origen, el cine musical fue, junto con el western y el cine negro, una de las fórmulas de expresión más atractivas para el gran público. Los primeros años, liderados por la pareja Fred Astaire y Ginger Rogers, y la maduración (representada sobre todo por Gene Kelly) acabaron por desgastar a un público que buscaba cosas nuevas.

A pesar de ello, Hollywood produjo algunas de las mayores obras maestras de la historia de los musicales. El género siguió evolucionando tomando algunos de los rasgos más distintivos de la década de los 50 y abandonando los usos más antiguos.

Los bailes continúan perdiendo fuerza abandonando casi por completo el claqué. Cada vez los bailes serán menos baile y más una coreografía narrativa, es decir, menos abstracta y más diseñada para contar cosas. En contraposición a lo que había sucedido hasta ahora, los nuevos actores y actrices serán más  grandes voces que interpretes, como en el caso de Barbra Streisand.

Ya a mediados de los 50, las películas empezaron a ganar en duración. Entre los grandes films podríamos decir que la tradición la empieza Ellos y ellas (1955) de Joseph L. Mankiewicz, con más de 140 minutos. Sólo un año después, se estrena El rey y yo (1956) de Walter Lang en 2 actos y 133 minutos.

La estructura tiende a separarse en dos actos ya sea con intermedio o sin él. Hasta el final del primer acto se cuenta una historia, casi cerrada. A partir de ahí, el conflicto evoluciona en una nueva dirección.

Uno de los grandes títulos (puede que el más grande) de la década fue West Side Story (1961) de Jerome Robbins y Robert Wise. Es una clara excepción a lo que decía de los bailes (en esta predominan) y de las voces. De hecho, a la protagonista Natalie Wood hubo que doblarle la voz.

La verdadera alma de la película fue Jerome Robbins, un coreógrafo tan duro como perfeccionista hasta el punto que lo despidieron porque atrasó mucho el rodaje.
Muchos de sus números son archiconocidos, como Tonight o Maria. Quizás no tan conocido es el número con el que arranca la película y que describe la relación entre los personajes y entre las bandas a la perfección.


Pero si tengo debilidad por un número es America. Su fuerza, la ironía (que después se cerrará en una de las más duras secuencias del final), el drama de la emigración, y el conflicto de la integración y la xenofobia. Sin duda, una gran síntesis.

El 64 fue un año increíble en el que llegaron 2 de los mejores musicales de la historia; Mary Poppins, de Robert Stevenson, y My fair lady, de George Cukor.

My fair lady es uno de los títulos más divertidos que he tenido ocasión de ver. Cuenta la historia de un lingüista (Rex Harrison) que acoje a una chica de la calle (Audrey Hepburn) para convertirla en una princesa. No hay duda de que el casting es inmejorable, Hepburn resulta adorable, como siempre. Y Harrison está genial como misógeno.
Uno de los números más conocidos es cuando el personaje de Audrey consigue pronunciar bien una frase cacofónica de las que Harrison utiliza para que aprenda a vocalizar; The rain in spain.

Mary Poppins, además de contar una historia infantil maravillosa, nos descubrió a Julie Andrews. Sólo un año después, Julie estrenó una de mis preferidas; Sonrisas y lágrimas (1965), de mismo director de West Side Story, Robert Wise.

Sonrisas y lágrimas no necesita demasiadas presentaciones. Sin duda, su número más conocido es do-re-mi, donde enseña a los niños a cantar.

Probablemente, el último gran título de la década, y que acabó teniendo una secuela, dio a conocer otra de esas grandes voces en una película que yo creo que ha condicionado el resto de su carrera; Barbra Streisand en Funny Girl (1968) de William Wyler.

Barbra interpreta a una cantante a la que el físico no le acompaña. Yo, que no soy un gran amante de la actriz, creo que tiene secuencias maravillosas. Yo tengo especial debilidad por la parte en la que ella se presenta como cantante, bailarina y actriz a un casting con escaso éxito. Por azares, consigue salir delante del público y ocurre esto;

El gran director Carol Reed dirigió, ese mismo año, otro de los musicales que han trascendido a su época; Oliver Twist (1968). Y tampoco podemos olvidarnos de El violinista sobre el tejado (1971) de Norman Jewison. Trata acerca de la relación entre la diáspora judía, y la época de la revolución comunista en Rusia. Entre todos sus temas, hay uno que ha superado a la película en el sentido que mucha gente conoce la canción sin haber oído hablar del film; Si yo fuera rico.

En la década de los 60′s se cerrará una época. El hecho que el público abandonara el gusto por el género tuvo dos importantes consecuencias; las majors dejarían de producirlos hasta convertirse en algo residual, y una corriente muy minoritaria en producciones (que no en taquilla) tomó el discurso artístico de aquí en adelante; el pop.

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A la época que comprende desde los orígenes del género musical hasta finales de los 50, se le conoce como la edad de oro. Ya vimos que los años 30 sirvieron para sentar las bases del género, aupadas, sobre todo, por la famosísima pareja Fred Astaire y Ginger Rogers.

Pero esta pareja se separó y ya sólo hicieron una película juntos más; Vuelve a mi (1949) de Charles Walters. Fred aún hizo una película destacada con la que dicen ha sido su mejor partener bailando; Eleanor Powell en Melodías de Broadway de 1940.

El hecho cierto es que el momento más álgido de sus carreras quedó atrás y se dio paso a nuevos artistas. Entre otras, aquella jovencita Judy Garland siguió creciendo. 5 años después de protagonizar Mago de Oz y de haber protagonizado varias películas con la que sería su gran pareja artísitica, Mickey Rooney, trabajó a las órdenes de uno de los directores que más marcaron la década de los 40 y su vida en Cita en St. Louis (1944) de Vincente Minnelli.

Con Minnelli acabaron casándose y tuvieron una hija a la que llamaron Liza (¿os suena Liza Minelli?). Desde el punto de vista artístico, evolucionó el género con propuestas que lo hicieron aún mayor. Por fin, los musicales ganaban una entidad diferenciada a la del teatro. En el cine, ganaría independencia.

Tanto en las películas de Minelli como en otras obras maestras de la época, las canciones quedarían mucho más integradas con la historia. La cámara, que Astaire quería lo más estática posible, empezará a ser algo más activa, a pesar de que los principios del bailarín y coreógrafo todavía se mantuvieron. Pero dejó de ser necesario que cada canción fuera ligada a un baile, lo que abrió posibilidades a las coreografías. Ahora sería posible un primer plano con el personaje cantando o una coreografía más narrativa, más integrada en la historia.

El claqué pasaría de ser el protagonista a ser residual. Su proceso de casi desaparición dura 20 años. En las películas de los años años 40 todavía jugaría un rol importante, pero conforme pasara el tiempo y se acercara el final de la década de los 50, costaría mucho encontrarlo.

Además, las temáticas también evolucionarían. En el caso de Cita en St. Louis se trataba de un retrato costumbrista de una familia en 4 actos, cada uno de ellos ligado a una estación del año. Es una película brillante, donde destacan el tema principal; Meet me in Saint Louis y la canción de navidad próxima al clímax de la película.

Rodaría un buen puñado de musicales increíbles, de los que destacaría 2; Un americano en París (1951) y The Band Wagon (1953).

En Un americano en París trabajó con la gran estrella de los años 40 y 50; Gene Kelly, otra de esas personas que innovó muchísimo en el género. Hay dos constantes importantes en las películas de Kelly; casi en todas ellas hay niños. Sería banal si no fuera porque en algunos casos, incluso, algunas secuencias parecen pensadas para ellos, como en Levando anclas (1945) de George Sidney, donde su personaje llega a viajar a un mundo de dibujos animados en una clara influencia de las conocidas películas de Disney (y donde, por cierto, también sale Frank Sinatra).

La historia de la película es que Sinatra se enamora de una chica pero no sabe cómo ligársela y le pide ayuda a Kelly. Este acepta pero acaba por enamorarse él también. Llega un punto que Sinatra, frustrado porque no consigue nada, se enamora de otra justo antes de la secuencia que aquí viene. La chica de la que los dos están enamorados está dentro de la cantina.

Otro elemento clave son las escenas que rozan el abstracto o que, directamente, se introducen en él. Uno de los más destacados está en Un americano en París, que dura más de 15 minutos y transportan al espectador a un océano de sensaciones inolvidables.
Una de las inolvidables canciones de este film es i got rhythm. En esta canción enseña a unos cuantos niños franceses algo de inglés a la vez que demuestra que está feliz por su situación.

Pero el momento álgido, no sólo de Gene Kelly sino de toda la historia de los musicales, es en Cantando bajo la lluvia (1952), dirigida por el propio Kelly y Stanley Donen. La película nos cuenta el tránsito del mudo al sonoro en tono cómico, explicando lo que les pasó a muchos actores del cine mudo; que su voz no funcionaba.

Hay muchísimos momentos archiconocidos entre los que destaca el Singin’ in the rain que canta Gene Kelly bajo la lluvia. Pero justo antes hay otra de esas canciones inolvidables que, personalmente, me emociona; Good morning. En la película, acaban de hacer un pase previo para un pequeño grupo de espectadores para ver cómo reaccionan ante su último film. El fracaso es enorme y se marchan a casa desolados. Pero, entonces, encuentran una solución y a la 1 de la mañana en una noche lluviosa se ponen a cantar “Buenos días”.

El género tampoco se libró de las fuertes influencias del New Deal, que se enmarcaba en lo económico en la Gran Depresión y en lo ideológico en la 2ª Guerra Mundial. Un claro ejemplo de esto es Yankee Dandy (1942). De discurso eminentemente patriótico, narra la emergencia de un gran magnate de Broadway. Están todos los elementos de la identidad americana; el mestizaje, la posibilidad de triunfar hasta para el más pobre, la identidad con la bandera, el sentido de la libertad… Hay una frase, ya en la conclusión del film en la que el protagonista hablando con el presidente Roosevelt, le dice (tras el preceptivo primer plano); “Yo de usted no me preocuparía por el país, es extraordinario. ¿En qué otro lugar del mundo podría un hombre sencillo como yo hablar con el más importante?”. No está mal…

El listado de films es inagotable; Pueden destacarse 7 novias para 7 hermanos (uno de los pocos musicales de tono western) o Brigadoon (protagonizada por Gene Kelly, Van Johnson y Cyd Charisse, y que cuenta la historia de unos exploradores que se encuentran un pueblo mágico). Pero no podemos olvidar El rey y yo (1956), primera versión de la relación entre una inglesa y el rey de Siam. Creo que es un claro ejemplo de cómo las tramas se tornan más complejas. El caso de este título, creo que está a caballo entre los 50′s y el nuevo cine musical que llegará en los 60′s con títulos como West Side Story (1961) o Sonrisas y lágrimas (1965).

En paralelo, y a partir de mediados de los 50′s se instaura un nuevo tipo de musicales con El rock de la carcel (1954), con Elvis Presley de protagonista. Aunque lo analizaré en próximos posts y a pesar de que son películas menores, tienen una relevancia capital desde el punto de vista de que serían los primeros films en los que hay una evidente evolución musical y que, de alguna manera, anunciarían el distanciamiento del público respecto al género tan sólo un lustro después.

Con el fin de la década de los 50′s, el público dejará de tener una relación especial con el cine musical que ya nunca recuperará. Es la época del distanciamiento, de la indiferencia. Es la época de la crisis.

como Yankee Dandy (1942), película que se enmarca en el discurso hiperpatriótico de la 2ª guerra mundial,

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Como vimos, el cine sonoro y el género musical nacen en la misma película. Y fue un éxito impresionante.

Ese arranque provocó que las majors se obsesionaran con hacer musicales. Parecía que aquello era lo que el público quería y estaban dispuestos a dárselo. Y sucedió lo inevitable; los excesos. En 1930 se produjeron 78 musicales. Sólo un año después, se pasó a 11 y, al siguiente, 10. Así que poco a poco se estabilizó.

Uno de ellos tiene el mérito de haber sido la primera película protagonizada por afroamericanos; Aleluya (1929), de King Vidor, el mismo director que luego se encargaría de Guerra y paz. Trata acerca de la vida de un agricultor del algodón que se enamora de la mujer equivocada, un argumento que ha dado mucho juego a lo largo de toda la historia del cine.

Pero si hay un hilo común a la década de los 30 es la archiconocida pareja Fred Astaire y Ginger Rogers. Ellos dominaron a lo largo de 9 películas (y otra que llegaría una década después) los años de la gran depresión.

Fred Astaire venía de triunfar en el teatro a los dos lados del charco haciendo pareja de baile con su hermana. Cuando esta se casó, dejó la profesión. A inicios de la década, fue contratado por la RKO y empezó su andadura en el cine con Volando hacia Río (1933), una comedia de enredos amorosos, donde ya coincidió con Ginger.

Ginger Rogers, por su lado, había conseguido ganar un concurso para jóvenes talentos, pero había hecho muy poca cosa antes de conseguir el papel un papel para una obra maestra; La calle 42 (1933) de Lloyd Bacon. Se trata de una comedia donde una exfigura de la dirección teatral se ve obligado a volver a los teatros a causa de la Gran Depresión.

En la secuencia final, después de uno de los mejores discursos de la historia de cine, Ruby Keeler, protagonista del film, se ve obligada a salir por sorpresa e interpretar el tema principal del film. Personalmente, me encanta el solo de claqué y las escaleras que visualmente se convierten en un edificio.

En realidad, los expertos dicen que Ginger Rogers no era una gran bailarina pero que la pareja que hacía con Fred era inigualable. Según la wikipedia, Katharine Hepburn dijo que: “Ella da la sensualidad, él, la clase”. No podría haber atinado más.

A la pareja habría que sumar una figura fundamental en la vida, en especial, de Fred; Hermes Pan, que le ayudaría a hacer las coreografías, y un director que les acompañaría en buena parte de los títulos que rodaron juntos; Mark Sandrich.

La gran aportación del bailarín fue que estableció una serie de convenciones en el género que le acompañarán por muchos años y que acabaron marcando al género. En esencia, su preocupación era que se pudiera ver todo el baile, así que exigió que los bailes se vieran en plano general y con la cámara lo más estática posible. Y, por otro lado, se pelearía siempre para que los bailes y las canciones entraran suavemente en la narración. Fred se obcecó en que, en todas sus películas hubiera un baile en solitario suyo, uno en pareja cómico y otro romántico, claves que se convirtieron en convenciones del género.

Muestras de ello las hay en todas sus películas. Personalmente tengo una especial debilidad por Sombrero de copa (1935). La película está llena de momentos espectaculares, como la balada romántica Cheek to cheek. Pero yo tengo debilidad por un baile de casi al principio del film donde Astaire hace un baile nana para dormir a Ginger. El vídeo es la secuencia completa, que dura unos 8 minutos. Aunque os recomiendo que lo veais entero porque entonces se contextualiza, el baile que digo está al final.

Podréis ver que Fred Astaire, con su baile, despierta a Ginger de la cama, que tiene la habitación de justo debajo en el hotel donde se alojan. Él se enamora de ella nada más verla y trata de convencerla de que no puede dejar de bailar. Y, cuando ella se vuelve a la habitación, realiza el famoso baile. Sensacional.

Otra secuencia muy conocida juntos es el Smoke gets in your eyes de Roberta (1935) de William A. Seiter. En este caso los cambios de ritmo son espectaculares. De una sutileza y sensibilidad envidiables.

Aunque el centro de atención de los años 30 fuera esta expléndida pareja, no fueron los únicos que aportaron al género musical a lo largo de aquellos años. Cineastas como Busby Berkeley (director y coreógrafo), Lloyd Bacon (director), Ruby Keeler (actriz), Anita Page (actriz), entre muchos otros e incluso directores que no asociamos al musical como Ernst Lubitsch, o los hermanos Marx con su Sopa de ganso, han contribuído a hacer más grande este género en sus inicios.

Una de las películas más destacadas de la época es Ha nacido una estrella (1937), de William A. Wellman y protagonizada por Fredric March y Janet Gaynor. El argumento es uno de los mejor trabajados de toda la historia. Retrata la relación de una pareja donde ella se está convirtiendo en una gaynor_janetestrella mientras él está en plena caída.  Tengo especial debilidad por Janet Gaynor, con la Wellman trabajó en más ocasiones) por dos motivos; es una de las pocas actrices que no tuvo problemas en el tránsito del mudo al sonoro y porque protagonizó una de esas películas que me han marcado en la vida; Amanecer (1927), de Murnau.

También sería injusto olvidar otro de esos títulos que han marcado la historia, Show boat (1936), de James Whale, donde Irene Dunne interpreta a la hija del capitán de un barco espectáculo que se lanza a liderar el espectáculo a pesar de que su madre no está de acuerdo.

A finales de la década, el género se abre a una nueva franja de edad; los niños. Disney empieza a producir películas donde la música es un elemento fundamental. Su primer largometraje Blancanieves y los 7 enanitos (1937) es la primera de una buena colección de títulos de gran importancia histórica; Pinocho (1940), Dumbo (1941) y, como no, Fantasia (1940).

Pero hay una película que yo diría que es, por lo menos, tan importante en la introducción del género entre los más pequeños; El mago de Oz (1939) de Victor Fleming. Con un presupuesto cortísimo, el film nos explica las aventuras de Dorothy Gale, en el reino de Oz. Judy Garland, que interpreta a la Dorothy, venía de hacer un papel en la Melodías de Broadway de 1938, y maravillar al mundo por su increíble voz siendo sólo una niña.

La película es una pequeña gran joya cargada de enormes canciones y números inolvidables. Y si uno de ellos ha perdurado en la memoria es el famoso Somewhere over the rainbow. Apenas ha empezado la película, la pobre Dorothy, que es huérfana, sueña con un lugar mejor en “algún lugar sobre del arcoiris”, y nos roba el corazón.

Aunque Fred Astaire y Ginger Rogers seguirán haciendo cine por separado a lo largo de los 40 (sólo harán una película juntos), su éxito no volvió a ser el mismo. A cambio, hacen entrada de nuevos artistas, en especial Gene Kelly, que, con sus aportaciones, harán que el género evolucione a algo más rico y ecléctico.